Tras el aniversario de las revoluciones árabes

Ya hace más de tres años que las revoluciones árabes empezaron. Tras tres años de altibajos, parece un buen momento para reflexionar sobre lo que ha pasado y lo que todavía queda por hacer. Pero para hablar de las revoluciones árabes, tengo que empezar con dos preámbulos.

Primero: Vivimos en una época donde todo parece ocurrir muy rápido. Hay noticiarios las 24 horas al día, con analistas interpretando cada cosa que pasa como si fuese a cambiar la historia de la humanidad. Vivimos en un mundo donde las grandes marcas están lanzando productos ‘revolucionarios’ todos los días: hoy es el iPhone, mañana el S4. En Facebook nuestros amigos nos están bombardeando con todas sus ocurrencias cada minuto: lo que comieron, leyeron, soñaron. Leemos 200 artículos al día en Menealo, o a través de nuestros contactos de Twitter, sobre política, economía, dietas y los cotilleos de fútbol. Viviendo en este ambiente donde todo es inmediato, donde todo cambio va a cambiar se presenta como revolucionario e histórico, y todo cambia cada minuto, no es sorprendente que pensemos que el mundo cambia de manera muy rápida. Pero la realidad es que el mundo no cambia tan rápidamente.

Empiezo con esto porque si queremos reflexionar sobre las revoluciones árabes tenemos que pensar en años y décadas, no en días y meses.

Segundo: Tenemos que darnos cuenta que rebeliones contra gobernantes no son nada nuevo en la historia del Islam. Los que mataron a Uzman empezaron protestando. Los jawariy también. Los Compañeros que lucharon contra Ali empezaron con diplomacia porque tenían acceso directo a Ali, pero terminaron en rebelión armada. Husayn viajó de Madina para formar un ejército rebelde, no para hacer turismo. Abd Allah bin Zubayr montó un ejército y controló gran parte del mundo musulmán durante unos años. Y así. A veces rebeliones empezaban bien y terminaban mal. A veces empezaban mal y terminaban mal. Pero hasta la rebelión abasí, todas las rebeliones habían fracasado. La desilusión con los fracasos continuos es la razón por la que el fiqh de las escuelas jurídicas suele estar en contra de rebelión, pues los cuatro imames son de esa época de transición a los abasíes donde quedó muy claro que un cambio de gobernante no era garantía de una mejora de gobierno.

Sin embargo, los musulmanes no dejaron de rebelarse. Creo recordar que hubo unas 90 rebeliones durante los 89 años de la dinastía omeya. Los omeyas fueron seguidos por los abasíes, cuya dinastía duró más de 500 años -aunque esto solo lo digo para que tengamos un poco de perspectiva histórica, ya que el dominio americano, que en realidad empezó tras la segunda guerra mundial, que ya está en declive, y que posiblemente dure menos que los omeyas, históricamente va a ser un blip en la historia de la humanidad.

Ahora, con un poco de perspectiva temporal y teniendo una idea de la tradición de rebelión en el Islam podemos empezar a reflexionar sobre las revoluciones árabes.

Las revoluciones árabes sorprendieron al mundo. En mi estimación, las causas más importantes son las siguientes:

  1. El hecho de que todos estos países fuesen dictaduras era algo que avergonzaba a la nueva generación de niños bien de Túnez y Cairo que habían recibido una educación occidental y habían internalizado la idea de la superioridad de la democracia liberal. En Egipto por lo menos sabemos que los organizadores de las protestas del 25 de enero eran de esa nueva generación de niños bien.
  2. Las políticas cada vez más neoliberales -implementadas porque ayudaban a las élites corruptas a enriquecerse- causaron estragos en la población. Eso propició la concienciación de la gente común de que el sistema no funcionaba, lo cual facilitó que saliesen a apoyar a los niños bien que salieron a protestar.
  3. El desplome económico de la industria bancaria en el 2008. Si antes los árabes lo pasaban mal, ahora pasaban hambre. El precio de la comida fue para arriba pero los sueldos no se movieron y el paro incrementó.

Estos tres factores coincidieron para que el mundo árabe explotara en descontento. Desde Iraq a Marruecos, la gente salió a la calle, y los que pensábamos que la rebelión sería en un futuro siempre lejano tuvimos que replantear nuestras ideas.

Ahora, tres años después de que Ben Ali escapase de Túnez, muchos nos estamos replanteando las ideas otra vez. Nuestros hermanos más tradicionales se sienten reivindicados, pues en sus corazones siempre sospechaban que las protestas pacíficas y civiles de Túnez, Egipto o Yemen no iban a resultar en una verdadera liberación de la hegemonía occidental o la islamización del estado y la sociedad.

Nuestros jóvenes hermanos más modernistas (incluso laicistas) se han dado cuenta de que no tienen apoyo en la sociedad, y que sus discusiones abstractas en las universidades pintan poco en el mundo real.

Los islamistas políticos también se han dado cuenta de que al pueblo no le bastan eslóganes islámicos y proyectos abstractos. Han (o todavía están) saboreando su fracaso político e institucional. Incluso en Túnez, donde los islamistas siguen en el poder, no queda nada de romanticismo, solo el espíritu pragmático de supervivencia política.

Mientras tanto, las decrépitas tiranías de oriente medio han conseguido lo que más les importa: crear pánico alrededor de las revoluciones, hacer a la gente pensar que mantenerse callado mientras el futuro se destruye es mejor que sufrir ahora por un futuro mejor.

Y el público en general -musulmán y no musulmán- mira al mundo árabe con tristeza y pesimismo. Muchos musulmanes religiosos intentan buscar explicaciones teológicas (error de metodología, falta de iman, es señal del último día…), muchos que son menos religiosos culpan a los islamistas (son peores que los dictadores, incompetentes, mentirosos), y muchos no-musulmanes piensan que el problema es que los árabes son tan tontos que quieren vivir bajo dictaduras y monarquías absolutas.

Pero desde mi punto de vista, las cosas no están tan mal. Más bien, tengo esperanza, aunque sea a 10, 20 años de aquí. Esto es más que nada por una razón: no hay mejor profesor que la experiencia. Y ahora los islamistas han tenido (y en el caso de Túnez, siguen teniendo) experiencia de cómo funciona el sistema político y que se puede hacer en él.

Esperemos que esto tenga dos consecuencias positivas:

  1. Por un lado, esta experiencia ayudará a los islamistas a desarrollar políticas realistas que consigan objetivos reales dentro del marco político existente. En vez de preocuparse de la legalidad islámica de los medios, se preocuparán por conseguir resultados. Con esto no quiero restar importancia a la legalidad islámica de los medios, sino enfocar la realidad de que en un sistema no-islámico, muchas veces es imposible encontrar una manera islámica de hacer las cosas. Por ejemplo, la banca ‘islámica’ en realidad es banca capitalista normal, pero con una superficialidad de legitimidad islámica. Lee cualquier texto sobre banca islámica y verás cómo en realidad todo es una reinterpretación creativa de la sharia para que encuadre con las necesidades del sistema bancario internacional. Entonces ¿tiene sentido hacer bonos ‘islámicos’ cuando en realidad son mecanismos diseñados para garantizar beneficios a los inversores igual que los bonos normales? En realidad, muchas de las propuestas ‘islámicas’ son más bien hiyal, trampas para escapar de las obligaciones del Islam a través de detalles técnicos. En un contexto donde es dificil hacer las cosas de manera verdaderamente halal, y donde la diferencia entre halal y haram es muy dificil de distinguir, ¿no sería mejor dar prioridad a conseguir buenos resultados? Para mí la analogía es del prisionero que está en una celda donde no puede hacer ni wudu ni tayammum. En vez de esperar a ver si consigue agua o tierra hasta que termina el tiempo de la oración, reza y no se preocupa, según la opinión de la mayoría de los sabios. Y es que estar en gobierno hoy en día es como estar en una celda: tu capacidad de maniobra es muy limitada. Entonces, volviendo al ejemplo de los bonos de estado, la preocupación debería ser menos sobre si utilizamos bonos tradicionales o bonos ‘islámicos’, y más sobre que provecho podemos sacar de esos bonos para desarrollar la economía del país, ya que ese es el verdadero objetivo de vender bonos de estado.
  2. Por otro lado, la experiencia ha mostrado a los islamistas que la islamización del estado no es simplemente cuestión de cambiar las etiquetas de las instituciones existentes, ni basta pensar que puedes islamizar Egipto o Túnez o Libia o Yemen o Siria o cualquier otro país árabe/musulmán en aislamiento del contexto político-económico internacional. Al mismo tiempo, este sistema que domina en el mundo actual está en crisis. Las causas de la crisis del 2008 no han sido remediadas y los problemas siguen, el sistema de democracia liberal pierde credibilidad cada día, la doble moralidad de las élites occidentales (y las no-occidentales) es algo que ni los más necios niegan, y hay un sentimiento popular de que el sistema político-económico internacional no funciona. En otras palabras, los próximos 10-20 años seguramente van a ser un momento histórico de cambio radical, y es una oportunidad para estar en el centro de ese cambio como proponentes de soluciones que están de acuerdo con nuestra religión, no como seguidores que llegamos tarde a la fiesta y tenemos que adaptarnos a una nueva realidad diseñada y creada por otros.

No tengo duda de que la primera consecuencia va a ocurrir, pues ya está ocurriendo. La segunda consecuencia va a ser más difícil. Por un lado, requiere un nivel de imaginación y creatividad que pocos poseen. Por otro lado, hay muchos en el mundo musulmán (incluyendo muchos miembros de las élites religiosas) que sacan mucho provecho del sistema actual y no tienen mucho interés en cambiarlo. Pero aun así tengo fe en que esta Umma conseguirá crear un modelo islámico que devuelva a la comunidad musulmana a su estado natural.

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